lunes, 21 de febrero de 2011

En la ciudad me enamoré, pero no salió nada bien...

Ya ha pasado un tiempo desde que ocurrió todo aquello, intenté sacarle rentabilidad al desamor presentando el texto que escribí cuando pasó, (sí, soy una persona peculiar, en vez de llorar, escribo) a un concurso de relato corto, pero de las emociones propias no se puede sacar beneficio, no somos objetivos cuando sentimos, no sabemos gestionar las propias emociones (señores de publicidad: esta os la regalo).

Así que una vez pasado el tiempo que he considerado prudente después del fallo del concurso que, obviamente, no he ganado, quiero que se haga público, como reflejo de mis pensamientos más débiles, soy humana al fin y al cabo... Solo me queda decir que los hechos son ficticios (si hubiese ocurrido algo de eso, no tendría un recuerdo tan sumamente amargo)solo el sentimiento es real.

Amor, trenes y otras tonterías

Adiós. Aún retumbaba esa palabra en las paredes de mi cabeza. Me había subido al tren en un ataque de dolor, no podía soportarlo. No quiero hacerte daño, te quiero demasiado. Mentiras. Si realmente me quisiera no me dejaría de esa manera…
Me senté en el lugar más alejado de la puerta, pero aún así le vi marcharse lentamente hasta que le perdí de vista en las escaleras mecánicas. Eres muy importante para mí, no tengas ninguna duda. Bajé la cabeza para evitar que el resto de pasajeros me vieran llorar, no tenía el cuerpo para miradas compasivas. El corazón me latía muy fuerte, podía oírlo, pero tal vez fuera por la soledad…

Por fin salió el tren, muy despacio, de la estación, dejando una estampa bulliciosa tras de sí. Supe que te quería desde el primer momento en que te vi en el andén. Más mentiras que me creí. ¡Estúpida, idiota, tonta de mí! Una lágrima fue a parar cerca de la comisura de mis labios, y mi lengua, en un acto reflejo, intentó atraparla: no sabía salada, sino amarga. No llores, me dijo una vez, no te merecen. Ni siquiera sé si yo te merezco… Y esbocé una sonrisa. A continuación me dio un beso en la mejilla. Cerré los ojos y suspiré, y por fin pude levantar la cabeza y mirar por la ventana, eso sí, sin alcanzar a ver más que borrones verdes, que sabía que eran árboles, había viajado tantas veces en ese tren para verle…

Me concentré en mi triste reflejo. No me puedo creer lo guapa que eres. Cuentos. Eres realmente preciosa. Más historias. ¿Es que todo había sido mentira? Me negué a creerlo, pero se me encogió el corazón. ¡Le odio! ¡Le detesto! ¡Me está haciendo daño! ¿Es que no lo ve? ¡Le odio! Espera un momento, eso ya lo he dicho. Pero es verdad…

¿A quién pretendo engañar? Solo han pasado cinco minutos desde que ha salido el tren de la estación y ya echo de menos sus caricias, sus besos… Sus besos, que no eran dulces, ni con sabor a melocotón, simplemente eran suyos. Nuestro primer beso había sido en el mismo andén en el que me había dejado, mientras salía un tren con destino Barcelona, y yo estaba de puntillas para llegar bien a su boca, y él me sostenía por la cintura. Sentí que me desmayaba. ¿Te encuentras bien? Sí, le contesté yo sonrojada.

La consciencia se me cayó una milésima de segundo, me estaba mareando de verdad, no era un recuerdo. Apoyé la frente contra el cristal respirando pesadamente. Cerré los ojos de nuevo para no desmayarme y el tren se paró: llegamos a la primera estación, todavía quedaban tres. Por favor, ven a verme, necesito verte, me dijo una noche. Y yo fui. No recuerdo que aquella noche, aún con la incertidumbre, se me hiciera tan largo el viaje como hoy.

Llegué y me besó con pasión, como si fuera la última vez que fuésemos a vernos, y me llevó a dar un paseo por la orilla del río. Imagina que es el Sena, pronto estaremos en París. Pero ese viaje no llegó nunca, y sigo queriendo ir a París, pero no podría ir sola… Suena Edith Piaf mientras le imagino persiguiéndome por alguna callejuela del barrio de Montmartre, y se me rasga un poquito más el corazón.
La Noyée, la ahogada, ¿seré yo? Sí seguramente… Ahora sí.

Mi respiración entrecortada deja una huella en el cristal que desaparecen en menos de un segundo, un recuerdo que va y viene, permanece solamente mientras siga respirando. Me encanta cómo hueles, eres dulce. Me siento estúpida, ¿por qué? Soy moderadamente inteligente, pero lo que cuenta es que no lo vi venir... Me siento atrapada. Atrapada en mi tórax encogido que aún está reduciendo volumen por la sangre que sigue fluyendo de mi corazón.

Separo ligeramente la frente del cristal, quiero vomitar y necesito que mis pulmones se expandan lo máximo posible para tomar oxígeno, pero cuando me giro, me topo con la cara sonriente de una señora que me tiende un pañuelo de papel para que me seque las lágrimas. Parece que me comprende y me da un consejo mudo: olvidarle, pero no puedo, solo han pasado 10 minutos desde la despedida y me parece un mundo, eones.
Y le imagino a besándome, en esta ocasión con lujuria, me mira, me toca, me besa, por todas partes… me desea y yo a él, así que como inexperta dejo que me vaya guiando por su anatomía, no sin sonrojarme, un sentimiento que parece divertirle, así que me acaricia con mucho cuidado, como si fuese una muñeca que no quisiese romper y de repente, el placer supremo… creo que el éxtasis ha pasado la barrera de la imaginación, todo el vagón me observa, ¿o tal vez ha sido un grito de dolor emocional por ese momento perdido? Me niego a pensar que para él no significó nada, simplemente me niego. Me niego a pensar que es tan mala persona, muchas veces pienso que no existen personas en el mundo que intentan hacer daño a los demás, y debo mantenerme alerta, ¿será él una de esas? No puede ser, me niego a pensarlo. Pero ya lo hecho y dudo, y con esa perspectiva, vuelvo a romper a llorar.

En mi vida las cosas funcionan así, hoy como si no hubiera pasado nada, pero me duele el alma. Aunque nunca manifieste mi dolor, ni físico ni emocional, me duele, pero nadie lo sabrá, porque no se darán cuenta, nadie… Él lo sabía, siempre lo notaba ¿Qué te pasa? Sé que no te encuentras bien, no intentes ocultármelo porque me duele, y en ese preciso momento me abrazaba y no podía sino caer en sus brazos con sonrisa enamorada y exhalar. Togdo son apariencias en mi vida y no puedo más. ¿Qué es real y qué no lo es? Súbitamente recuerdo los versos de Segismundo de mi última clase de literatura: ¿Qué es la vida? Un frenesí. ¿Qué es la vida? Una ilusión y es que la vida es sueño, y yo ya no distingo qué es real de lo que no lo es. Te necesito, me dijo, y yo le creí.

Mi parada, ¡por fin! ¿Por fin? ¿Por fin qué? Deseo tanto que me llame y me diga que todo es mentira o una broma, si así fuera, de muy mal gusto, pero una broma al fin y al cabo porque seguiría queriéndome o al menos, necesitándome algo. Me bajo al andén de un salto, pero mis piernas flaquean y mis sentidos no me obedecen, todos están anegados por mis lágrimas amargas. Cuando me dijo esa palabra maldita, entré en la primera puerta que encontré y ahora me toca andar por todo el apeadero, con un paso cansado, agotado, triste, como sí me dirigiese hacia el patíbulo.

Me acerco al paso a nivel dispuesta a cruzarlo sin mirar siquiera, pero el maquinista me pita, el tren debe continuar su camino, lo que hace que me sobresalte y no avance más.

Una vez soñé que volaba. Una vez soñé que saltaba, me quedaba suspendida en el aire unos segundos más de los permitidos por las leyes naturales. Una vez soñé que saltaba. Trocotrón, trocotrón, trocotrón. El metal de la vía me atrae, me hechiza, es lo único que veo. Trocotrón, trocotrón. ¿Por qué tuviste que hacerlo? ¡Me sangra el corazón! Una vez pensé que saltaba, una vez pensé en saltar… Trocotrón. Cierro los ojos y sujeto el bolso hasta que la mano se me queda blanca. Me acerco un paso, luego otro, pero de pronto un vendaval me repele. Irónicamente, mi oportunidad de acabar con todo ha pasado de largo, como el tren. ¡Malditas leyes naturales! ¡Primero no me dejan quedar suspendida en el aire y ahora esto!

La realidad es que soy demasiado cobarde. Lo mejor será que me vaya a casa.

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